El poeta miró su pobre corazón y se echó a reír: siempre había
sabido que los golpes duelen, que las musas son infieles, el amor
pasajero y que las ilusiones se desvanecen al amanecer. Mis
pérdidas son doble ganancias, decía Juan el Camas, que en gloria
esté, corazón vulnerable y valiente, sigue abierto porque me hace
sentir vivo, dijo Paco, que Dios lo bendiga. Según la filosofía china,
el hombre que consigue renunciar a su objetivo y seguir
con más firmeza el camino que lleva a este objetivo se acerca a
la sabiduría, porque ha dejado de proyectarse, lo que le obligaba a
precipitarse, cada movimiento busca la armonía con el espacio y cada uno
de sus gestos está en simbiosis con el tiempo.
ESTE JUEVES 14 DE ABRIL A LAS 9 DE LA NOCHE, TENEMOS COMO INVITADO EN NUESTRA TERTULIA LITERARIA A PACO MATEOS,
QUE NOS PRESENTARA SU ULTIMA PUBLICACIÓN; LAS CUATRO ESQUINAS DEL TIEMPO.
Sera presentado y estará acompañado por la escritora Pepa
Virella.
La historia arranca con un barreno, uno de esos bocados a la tierra
que en las zonas mineras a cielo abierto eran tan frecuentes hasta hace
bien poco. Historia de las duras condiciones de vida en la comarca
minera de Riotinto durante los primeros años de posguerra y de una lucha
minera abierta desde siempre.
Cristóbal, joven minero comprometido con esa lucha, se verá envuelto,
junto a sus compañeros y amigos, en una serie de turbios
acontecimientos que harán que sus vidas y las de sus familias corran
considerable riesgo al enfrentarse tanto a la compañía minera como al
poder establecido. Mercedes, novia de Cristóbal, evolucionará desde el
miedo y la sumisión a coprotagonizar las acciones en la búsqueda de
dignificar la vida de sus convecinos.
El desenlace del conflicto no dejará indiferente a nadie en el pueblo.
Esta es la historia que nos plantea y describe Alfonso Pedro
Domínguez (Huelva, 1961) en la novela que presenta dentro de la
colección “100×100 autores onubenses” proyecto conjunto entre Editorial
Niebla y Diputación de Huelva.
1948. Miguel Díaz Cruzado nace en San Juan del Puerto (Huelva).
1953-1963. Cursa estudios en Santa Isabel de Hungría (Sevilla) y Escuela Masana (Barcelona).
1962. Con 14 años obtiene el Primer Premio de Dibujo del Certamen Juvenil de Pintura de Huelva.
1963. Con 15 años obtiene la Medalla de Bronce de Pintura del Certamen Puerta de Hierro de Madrid.
Viaja a Barcelona para trabajar como dibujante en Cedigesa.
1977. Viaja por Europa, y trabaja para colecciones particulares en
Francia, Suiza, Holanda y Alemania, donde conoce al director
del Museo Contemporáneo de Bochum, el Dr. Spildman, pasando a trabajar
para él en su colección privada.
1979. Se instala en Italia, pintando para diversas galerías, entre ellas, la Galería Piaccentini en Ancona.
1981. Vuelve a España. En Málaga, en colaboración con el Colegio de
Arquitectos, Ministerio de Cultura y Galería Manuela, realiza una
exposición simultánea, y queda inscrito en el Libro de Oro de Picasso,
colaborando en su Centenario, como artista invitado.
Escrito de Manuel Moya, leído por Rafa Nuñez para la presentación de Julio Moya, en esta extraordinaria noche como alternativa en el 1900. Aquí tenemos un futuro maestro. Va por ti, Julio.
Conozco
el 1900 desde hace justo 23 años. Recuerdo perfectamente la fecha
porque me hallaba en Huelva con ocasión del nacimiento de Julio,
nuestro segundo hijo, que vino al mundo la segunda semana de abril de
1993 en el viejo hospital de Manuel Lois o el Agromán, como le
llamábamos en el pueblo. Aquella tardenoche del jueves salí del
portal de María Auxiliadora, 12, rodeé el colegio de monjas, pasé
ante la guitarra carcomida de la Peña Flamenca, tomé la entonces ya
depauperada calle San Sebastián abajo, justo por la callejuela donde
antes estuvo el cementerio, pasé ante la Jangarilla y al llegar a la
Palmera me desvié por la calle Palos para ver si veía a mi buen
amigo Matías, que no estaba en su tasca, de modo que atravesé la
Gran Vía tomada por la primavera, dejé atrás la calle Concepción
a la altura del viejo Zeppelin, y tímida, recatadamente me deslicé
por la calle que conducía a la estación, donde me habían dicho que
andaba ese misterioso pub llamado 1900. Y efectivamente allí estaba,
como lo delataban dos o tres chicos que andaban enfrascados en
papeles de fumar y risas conspirativas. ¿Poetas?, me pregunté. Sí,
por qué no, tal vez fueran poetas. Sin pensarlo dos veces, dirigí
mis pasos hacia el interior de aquel garito donde era fama se reunían
moteros, poetas y bohemios de toda laya. Extraña conjunción, me
dije, pasando ante el cuadro de Toro Sentado y la calavera de la
vaca, verdaderas advocaciones del lugar.
Me
acerqué a la barra con precaución, o tal vez con el recelo de
encontrarme en un ambiente donde la solemnidad o la pose lírica
acabaran por desanimar definitivamente a un vate secreto, como yo lo
era hasta ese mismo instante, y con todo el tacto del que era capaz
pedí un coñac. Ya entonces la cosa estaba concurrida y una chica
guapa y voluntariosa repartía libros con el título Primeras
hostias, un título que le venía
como anillo al dedo a un tipo que por primera vez en su vida se
enfrentaba a un ambiente lírico, donde, como he comprobado más
tarde, casi nunca faltan las hostias verdaderas y las otras, que
acaban por ser aún más verdaderas y dolorosas. Pero no nos
pongamos solemnes y caedizos. Digamos que no hice más que acercarme
a la barra, cuando la chica, extendiéndome un ejemplar, añadió
prosaicamente, “son 100 pelas”. Yo le solté los veinte pelotes,
alguien mandó callar y por el momento todo quedó en eso. El lugar
era oscuro, atestado de gente pinturera y de humo -siempre los poetas
se han entendido bien con el humo y la pinturería-. Tintineaban los
hielos en los vasos, Antonio, un tipo con pinta de senador latino,
alzaba la botella y la luz de la barra en combinación con el humo
ceremonial iluminaba dócil, tenebrosamente el chorro de coñac que
caía, tan nervioso como yo mismo, sobre la alborozada copa. A mi
lado cuchicheaban los poetas entre sí, tal vez ensayando
endecasílabos o royendo el duro hueso de los celos literarios, pero
a la voz de silencio, todos, acólitos e iniciados, poetas y compaña,
diletantes y letraheridos se aprestaron a dar comienzo a la liturgia
prevista. Durante cerca de una hora, uno tras otro, los poetas se
fueron acercando al estrado que, como hoy, se halla al fondo del
local, y cada cual a su modo leyó su pequeño relato, su poema
inscrito ya en aquel fanzine titulado, y no importa repetirlo,
Primeras hostias. Para mí, pueden entenderlo, aquello era
como una misa de iniciación y todos los que fluctuaban por aquel
ambiente parecían adquirir un halo sagrado, conventual y, por qué
no, inhóspito. ¿Entonces eran éstos los poetas de Huelva? A decir
verdad, ninguno de aquellos chicos sonaba de nada a quien, como yo,
frecuentaba las librerías onubenses desde al menos seis o siete años
antes. ¿Se trataría, pues, de chicos que salían sólo al
atardecer, cuando las luces de la ciudad esculpían sus sombras
licantrópicas en el asfalto ya frío y las musas andaban taconeando
desde los portales elegíacos del Matadero o Las Tres Ventanas hasta
aquel tren varado en la eternidad de la plaza Niña? La verdad es que
entre tantas preguntas y tantas visitas a la copa de coñac, apenas
si podía calibrar la sutileza de unos poetas que andaban a hostias
con sus primeras hostias, valga la reluctancia. A medida que los
intervinientes subían y bajaban del estrado, la atmósfera se iba
calentando y cundía el aplauso o la carcajada, porque aquel librito/
misal parecía concebido como una especie de pugilato contra la
memoria infantil y contra los tiempos bárbaros que todos habíamos
tenido que mamar. El ambiente que allí se respiraba, más bien
recordaba al de aquellos baretos nocturnos que tanto se veían en las
películas alusivas a la segunda guerra mundial y uno esperaba en
secreto la inesperada y equívoca sonrisa de Lilí Marlene
empujándome hacia los lavabos o hacia los mismísimos infiernos. Al
acabar el último de los vates, el aire se relajó. La chica que me
había vendido el librito, volvió a mí y me devolvió las cien
pesetas que yo le había soltado una hora antes. Debí dibujar una
interrogante en mis labios, porque ella, que se presentó entonces
como María Gómez, me confesó que sólo yo había pagado por el
librito y que no era plan. Así lo dijo, que no era plan y recogí
los veinte pavos, pedí otro coñac y, mucho más relajado, me fijé
bien en el careto de los poetas por si alguna vez se cruzaban
conmigo por la calle, en el Hipercor o vaya usted a saber. Entre
ellos sólo había un nombre vagamente conocido: Uberto Stabile.
¿Quién sería ese tal Uberto Stabile?, me preguntaba. Por el porte
di en creer que se trataba de un tipo bovino, cabezón, afantochado y
atorrante que a falta de mejor pose había adquirido ese andar con el
que andan todos los villanos de todas las películas de serie B. Pero
no, no era aquel tipo Uberto Stabile, como supe después. Uberto, un
tipo afable, delicado y voluntarioso, se me presentó antes de irme.
No recuerdo si le dije que yo pertenecía, aunque de manera anónima,
a la cofradía lírica. Tal vez se lo dijera, sí. A esas alturas,
qué podía perder.
Nos
devuelve algo que nos pertenece, que nos une ante la adversidad y el
dolor, algo común a nuestra esencia como seres humanos, algo que nace de
lo más profundo y arcaico de nuestro corazón, la posibilidad de ser y
sentir frente y con el otro, una capacidad que nos permite al mismo
tiempo sentir lo propio en lo universal y viceversa, como individuo o
comunidad, sentir la bondad y el afecto que nos convierte en seres
capaces de experimentar la felicidad con la felicidad ajena y afligirnos
en el dolor de nuestros semejantes.
El autor de Un minuto de ternura es Uberto Stábile .
Exposición del cómic Biblos Superhéroe de Biblioteca nº 3 en el 1900 Company Bar
15012016
Nombrar
al 1900 Company Bar es nombrar el hilo conductor de la actividad
cultural de Huelva desde 1986 hasta nuestros días, por eso no podía
faltar allí una exposición sobre Biblos, Superhéroe de Biblioteca, que
inauguramos el 20 de enero de 2016.
Daremos a conocer las aventuras del superhéroe defensor de las
bibliotecas, con la presencia de sus autores, los Hnos. Macías. Además
se pondrá en valor el cómic como arte, cultura, entretenimiento y
herramienta didáctica.
Los asistentes conocerán en persona a Biblos, Superhéroe de
Biblioteca y a su archienemigo el Doctor Errata, y se les obsequiará,
hasta agotar existencias, con un ejemplar del nº 3 del cómic.
El acto de inauguración, que tendrá lugar el miércoles 20 de enero a
las 22:00 h, cuenta con la intervención de Luis Alberto de Cuenca,
Premio Nacional de Poesía 2015 y prologuista del cómic Biblos Superhéroe
de Biblioteca nº 1.
La exposición estará colgada en las paredes del 1900 hasta el 3 de febrero.